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El desorden político del Perú no tiene nombre

16 diciembre 2022

Por Ramón Peralta

Lo que acaba de suceder en Perú con la destitución de su presidente Pedro Castillo por parte del Congreso no es mas que una de las mejores comedias del arte político de Latinoamérica y que retrata de cuerpo entero el atraso y el desorden político en que está sumido el Perú y la región en su totalidad. El guion de la comedia comenzó a ser diseñado desde antes de finalizar las elecciones que dieron el triunfo a Pedro Castillo, cuando las élites políticas de ese país comenzaron a calificarlo como un incapaz maestro campesino que venía de la sierra ataviado con un gran sombrero y que, por tanto, debía dirigirse al mercado y no al palacio de gobierno. Pero resulta, que lo que mas repugnaba a los políticos tradicionales y a las élites políticas tradicionales de ese país, no era el atuendo de Castillo sino los planes de gobierno que traía bajo su sombrero campesino. Castillo atrajo las masas populares de su país debido a que su proyecto de gobierno traía respuestas a muchos de los seculares problemas que las mayorías peruanas vienen padeciendo desde tiempos inmemorables y que los gobiernos, sumisos a las élites ricas, habían descaradamente echado al olvido. Claro, para Castillo emprender su obra, habría de tocar asuntos muy sensibles y la única manera de echar abajo sus propuestas sociales en favor de las grandes mayorías peruanas, era desacreditarlo como un hombre proveniente de las capas bajas y carente de “capacidad moral”, ridícula consigna del sistema político peruano y que ha sido usada no para restablecer la “moral” sino para institucionalizar el desorden, la corrupción y la inestabilidad política. No hay que ser un experto en política y ni siquiera ser peruano para darse cuenta de que el reciente golpe contra Castillo no es mas que un reflejo del desorden en que está envuelto la política peruana. Solo hay que recordar que en el 2020 Perú tuvo en una semana tres presidentes: Martín Vizcarra, Manuel Merino y Francisco Sagasti. No creo que haya otro precedente en la desestabilizada región latinoamericana que se iguale a ese. Mario Vargas Llosa, un ilustre y prestante hijo de las tierras peruanas, en un ensayo escrito en 1992 y refiriéndose al desorden que los políticos inducen al sistema, expresa: “¿Cuántos estarían dispuestos a meter sus manos al fuego -a defender con sus vidas- un sistema que, además de mostrar una creciente ineptitud para resolver los problemas, parece en tantos países paralizado por la corrupción, la rutina, la burocracia y la mediocridad?” Y mas adelante agrega: “En todas partes y hasta el cansancio se habla de desprestigio de la clase política, la que habría expropiado para si el sistema democrático, gobernando en su exclusivo provecho, a espaldas y en contra del ciudadano común…se van quedando sin militantes y el desafecto popular los convierte en juntas de notables o burocracias profesionalizadas con pocas y nulas ataduras al grueso de la población…” Castillo no fue mas que otra víctima de esas “juntas de notables o burocracias profesionalizadas” de las que habla Vargas Llosa y que llega tan lejos que hasta la propia vice presidenta del país, Dina Boluarte, se volvió contra Castillo legitimando lo que comúnmente se conoce como traición. “La incapacidad moral” que fue tomada como base para destituir a Castillo comenzó a ser levantada mucho antes de tomar posesión a la presidencia y no como hoy clama la clase política dirigente del Perú, que fue por un supuesto golpe contra el congreso del país. No fue una coincidencia que esa clase dirigente peruana comenzara a echar a Castillo el sambenito de “comunista” y que era un “incapacitado” ya mucho antes de tomar posesión. No hay que ser un pre-digitador para saber lo que venía. De manera que el “golpe” de estado no es mas que otra comedia de mal gusto a la que el sistema político peruano nos tiene acostumbrado.